A lo largo del camino siempre hay personas dispuestas a opinar sobre mi vida, sobre mis decisiones, sobre lo que consideran aciertos o errores. Lo hacen desde fuera, desde la distancia, sin haberse detenido un momento a analizar su propia trayectoria, sus propias elecciones o aquello que podrían mejorar para crecer.
Es curioso cómo resulta más sencillo juzgar que mirarse hacia dentro. Más cómodo señalar que hacerse preguntas. Más fácil hablar de la vida ajena que asumir la responsabilidad de la propia.
He aprendido que no todas las opiniones merecen un espacio en mi cabeza. Muchas vienen de personas que no conocen mis circunstancias, mis procesos, mis miedos ni mis objetivos. Personas que no han recorrido mis mismos pasos ni han tenido que tomar decisiones con el peso que a veces conllevan las mías.
Y, aun así, hay algo que hoy puedo decir con honestidad: en el fondo, me siento feliz de que hablen. Feliz de que juzguen. Porque eso significa que estoy haciendo algo. Que no me he quedado paralizada. Que soy capaz de coger las riendas de mi vida y decidir, incluso sabiendo que algunas decisiones pueden ser erróneas.
Prefiero equivocarme avanzando que quedarme quieta por miedo a la opinión ajena. Prefiero aprender de mis errores que vivir una vida diseñada para no incomodar a nadie. Cada decisión, acertada o no, me ha enseñado algo. Me ha hecho crecer, redefinirme y acercarme un poco más a quien realmente soy.
Que hablen. Yo sigo caminando. Con errores, con aprendizajes y, sobre todo, con la tranquilidad de saber que mi vida la vivo yo.


